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La bravía 猛兽(西文公版)pdf/doc/txt格式电子书下载

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书名:La bravía 猛兽(西文公版)pdf/doc/txt格式电子书下载

推荐语:

作者:ArturoReyes著

出版社:五洲传播出版社

出版时间:2016-09-01

书籍编号:30521567

ISBN:

正文语种:中文

字数:3587

版次:

所属分类:外语学习-其他语种

全书内容:

Información de Copyright


Título del libro:La bravía  


Autor:Arturo Reyes




La Editorial Intercontinental de China cuenta con ll copyrights del libro. No se puede redactar y reimprimir parcial o totalmente los contenidos del libro en ningún lugar de ninguna forma, incluidos los gráficos y las letras.




Fecha de revisión final:2016-09-01




Publicador: China Intercontinental Press


Página Web:www.thatsbooks.com

La bravía
Arturo Reyes

 

image

 

 

I

 

Cuando Rosario la Bravía dejó el lecho, no parecía tener vida más que en los ojos, en aquellos ojos suyos sombríos y fulgurantes de atávica fiereza; ojos que según afirmaban los más viejos rabadanes de las cercanías eran iguales que los de su padre y que los de su abuelo, que los de aquellos dos ternes que durante muchos años hubieron de retar impunes y valerosos los riesgos de una vida accidentada, hasta sucumbir a los disparos de sus implacables perseguidores.

 

Desde punto y hora en que la madre de la Bravía supo el desaguisado cometido con ésta por el Certero, hasta el instante en que la sacamos a relucir, no habíale dirigido a aquélla un solo reproche, y al estrechar entre sus brazos al fruto de la falta de Rosario y de la traición de Joseíto, un hondo suspiro se escapó de su garganta al pensar que si su difunto hubiese vivido no hubiera osado seguramente el Certero llevar a cabo aquella traición con las que, al verle llegar una noche perseguido y maltrecho al desesperado galopar de su potro, habíanle dado abrigo en sus apartados y pintorescos cubriles.

 

Rosario, el día en que abandonara el lecho, sentóse a la puerta del edificio a respirar la perfumante brisa de aquella tarde de otoño: la dolencia había dejado en su persona sus huellas pálidas; su tez estaba descolorida; su cuerpo enjuto y falto de curvaturas; su pelo, antes abundante y negrísimo, había sido amputado en el período álgido de la fiebre que habíala tenido durante tantos días con vistas al Camposanto.

 

Sus ojos soberbios y graves vagaron sombríamente distraídos por los accidentes del panorama: todos y cada uno de ellos evocaba en su imaginación una escena furtiva y ardiente de amor; los copudos algarrobos y los altos pinares que tantas veces les sirvieron de sombroso refugio en sus pláticas de amores; las adelfas de la honda cañada, donde mientras ella oficiaba de gentil lavandera, arrullóla un día Joseíto con requiebros chispeantes y saladísimos decires; los matorrales y ciroleros que forman un a modo de dosel al manantial desde donde él conducíale a la casa los pesadísimos cántaros, porque no se le tronchara a su ídolo el mimbre que habíale Dios otorgado por cintura, como él decía; los verdes bancales del huerto donde tantas veces le ayudara a recolectar las frutas en sazón, y el empinado sendero, flanqueado de pitas y chumberas, por donde viole llegar por primera vez al rápido galopar de su caballo y por el cual también habíale visto partir sin que volviera a tener noticias suyas hasta que en la tarde a que hacemos referencia, díjole, deteniendo delante del lagar el paso de su fuerte cabalgadura, el tío Zamarrita, el arrendador de los Zarzales.

II

 

No había mentido el arrendador de los Zarzales al decir que cansado Joseíto el Certero de jugarse la piel al pilla pilla en la sierra, estaba en vísperas de liarse la manta a la cabeza emparentando con arreglo a lo que ordena la Católica Apostólica Romana, con María de los Dolores, unigénita del más conocido carnicero del barrio de Capuchinos.

 

Y si bien era cierto lo que hubo de contar el Zamarrita a Rosario, cierto era también que cuando Joseíto salió ya del todo restablecido del lagar de las Bravías, llevaba el corazón lleno de generosos propósitos, y tal vez hubiera liquidado como Dios manda su cuenta a Rosarito, a no haberle llevado una noche al poco tiempo de haber sentado sus reales en la tierra famosa de los más sabrosos boquerones, Antoñico el Centinela, a casa de los Soniche, donde celebrábase el fausto suceso de lucir por primera vez el vestido largo su hija Dolores, una chavalilla esbelta como un junco, larga de remos, fina de talle, de pelo rubio, reluciente y anillado, de tez rosa, de facciones finas, de ojos negrísimos de acharranada expresión, y de sonrisa picaresca y tentadora.

 

Cuando Joseíto fue presentado por Antoñico en casa de los Soniche, donde aquella noche parecía haberse dado cita la plana mayor de las hembras de tronío y de los hombres de más cartel, abandonó un momento María de los Dolores el grupo que animaba con sus donaires y sus graciosos decires y quedóse mirando como una tonta a Joseíto, que lucía en airosa actitud su cuerpo gallardo, su marsellés de pana obscura, que contorneaba con elegante ductilidad su busto armónico y fuerte; el negro ceñidor, que apretábale la esbelta cintura; el pantalón de igual tejido que el marsellés, que tras ceñírsele estallante en la cadera y en el muslo redondo como una columna, abotinábasele rugoso y amplio sobre los calados brodequines; la blanca pechera de la camisa de áurea botonadura; el rico pañuelo granate que lucía a mo

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